miércoles, 24 de enero de 2018


SOLIDARIDAD JAPONESA E INDIVIDUALISMO OCCIDENTAL




Los políticos y los medios de comunicación están elogiando durante estos días el civismo de los japoneses y, más todavía, la heroicidad de un grupo de 180 personas de las cuales 50 son ingenieros, que en la central nuclear de Fukushima se exponen a altas dosis de radiación para conseguir el enfriamiento de las vasijas de los reactores y evitar una catástrofe que podría afectar a miles de personas.

Quienes conozcan la famosa teoría Z de William Ouchi, que en los años ochenta divulgó cómo es el trabajo en las empresas japonesas, no habrá quedado sorprendido del comportamiento de los japoneses durante estos días de tragedia nacional, con 6.500 muertos en sus morgues, 10.300 desaparecidos, miles de personas cobijadas en barracones, soportando bajas temperaturas, esperando con ansiedad alguna noticia de los suyos y una central nuclear amenazando con la muerte y la desertización.

La explicación de este comportamiento no es difícil. Las culturas neconfucionista y budista, así como el taoismo, dominantes en Japón, acentúan, por un lado, el valor de la familia que está en la base de la solidaridad, del respeto a la autoridad y de la cooperación y, por otro lado, la necesidad de autosuperación, del esfuerzo y del progreso personal y colectivo.

El individualismo es en esta cultura una amenaza. La integración social y la conciencia nacional se consiguen a través de la conciencia de grupo. El trabajo es un honor y también un instrumento de prestigio dentro del grupo. Desde esta concepción de la vida y de la empresa nacieron estrategias de productividad y de competitividad como el trabajo en equipo, los Círculos de Calidad. Un trabajador japonés de Toyota siente pena si ve en la calle un coche de su fábrica al que no le funciona el limpiaparabrisas, porque eso desprestigia a su empresa, que es como una extensión de la familia.

Lo que ocurre a nivel de empresa es una pequeña expresión de su concepto de estado nipón. El respeto a los bienes de los demás, la confianza en las palabras de sus gobernantes, el esfuerzo por trabajar unidos para superar situaciones difíciles, como la de ahora, revelan el verdadero núcleo de la cultura solidaria y comunitaria japonesa. Así se entiende que las huelgas en las empresas no sean como las que ocurren, por ejemplo en España. Las huelgas no se hacen parando la actividad de la empresa, ni plantando piquetes a sus puertas para que no entren los trabajadores. Se hacen acelerando el ritmo de producción.

A finales de la segunda guerra mundial los famosos pilotos kamikazes sorprendieron a las flotas aliadas del Pacífico estrellando sus aviones con 250 kilogramos de explosivos contra navíos de guerra que se aproximaban a las costas de Japón. Aquellas autoinmolaciones eran la expresión suprema del sentido nacional que impulsaba los actos suicidas.

En Occidente, ni los programas alemanes de “humanización del trabajo”, aplicados a partir de 1975, ni los grandes pactos suecos sobre la concertación social han logrado los niveles de solidaridad conseguidos en Japón. El liberalismo que abanderamos, como la única solución posible al problema del desarrollo económico y de la solidaridad social, ha fortalecido un individualismo egoísta, frecuentemente tentado por la corrupción. Soportamos los impuestos que nos impone el Estado del Bienestar Social, porque detrás hay derechos sociales que nos favorecen, como las pensiones, el sistema de salud, la educación gratuita o las autopistas y los trenes de alta velocidad. Pero no estamos dispuestos, por ejemplo, a ajustar nuestros salarios a la productividad para que nuestras empresas sean eficientes y competitivas, aunque sabemos muy bien que todas las prestaciones sociales son posibles gracias al trabajo y al esfuerzo de todos los ciudadanos

Es un absurdo intentar transferir el modelo cultural japonés a nuestra cultura occidental. Desde la religión nos han enseñado que la salvación o condenación es responsabilidad individual; en la escuela, aunque se eduque en la cooperación, aprendemos a superarnos y a competir como individuos. La sociedad premia a los mejores, a los que tienen éxito. Lo colectivo, lo común es responsabilidad del Estado o del ayuntamiento, desde la reposición de las papeleras o farolas, destruidas por el vandalismo, hasta la construcción y mantenimiento de los centros educativos o sanitarios. Lo colectivo no nos pertenece. Estamos tan lejos de asemejarnos a los japoneses que nuestro individualismo nos lleva hasta el exceso increíble de querer apropiarnos por ley del caudal de los ríos que cruzan nuestras comunidades, dejando fuera a los pueblos que, unos cientos de metros más abajo, han crecido a su orilla. “Ni una gota para el sur”, oíamos hace pocos años.

Aunque la transferencia de un modelo cultural y social no es posible, algo tendremos que aprender de los japoneses, volcados sobre las víctimas del terremoto y del tsunami, y dispuestos a arriesgar su vida en las centrales nucleares por el bien de todos.