SOLIDARIDAD
JAPONESA E INDIVIDUALISMO OCCIDENTAL
Los
políticos y los medios de comunicación están elogiando durante estos días el
civismo de los japoneses y, más todavía, la heroicidad de un grupo de 180
personas de las cuales 50 son ingenieros, que en la central nuclear de
Fukushima se exponen a altas dosis de radiación para conseguir el enfriamiento
de las vasijas de los reactores y evitar una catástrofe que podría afectar a
miles de personas.
Quienes
conozcan la famosa teoría Z de William Ouchi, que en los años ochenta divulgó
cómo es el trabajo en las empresas japonesas, no habrá quedado sorprendido del
comportamiento de los japoneses durante estos días de tragedia nacional, con
6.500 muertos en sus morgues, 10.300 desaparecidos, miles de personas cobijadas
en barracones, soportando bajas temperaturas, esperando con ansiedad alguna
noticia de los suyos y una central nuclear amenazando con la muerte y la
desertización.
La
explicación de este comportamiento no es difícil. Las culturas neconfucionista
y budista, así como el taoismo, dominantes en Japón, acentúan, por un lado, el
valor de la familia que está en la base de la solidaridad, del respeto a la
autoridad y de la cooperación y, por otro lado, la necesidad de autosuperación,
del esfuerzo y del progreso personal y colectivo.
El
individualismo es en esta cultura una amenaza. La integración social y la
conciencia nacional se consiguen a través de la conciencia de grupo. El trabajo
es un honor y también un instrumento de prestigio dentro del grupo. Desde esta
concepción de la vida y de la empresa nacieron estrategias de productividad y
de competitividad como el trabajo en equipo, los Círculos de Calidad. Un
trabajador japonés de Toyota siente pena si ve en la calle un coche de su
fábrica al que no le funciona el limpiaparabrisas, porque eso desprestigia a su
empresa, que es como una extensión de la familia.
Lo que
ocurre a nivel de empresa es una pequeña expresión de su concepto de estado
nipón. El respeto a los bienes de los demás, la confianza en las palabras de
sus gobernantes, el esfuerzo por trabajar unidos para superar situaciones
difíciles, como la de ahora, revelan el verdadero núcleo de la cultura
solidaria y comunitaria japonesa. Así se entiende que las huelgas en las
empresas no sean como las que ocurren, por ejemplo en España. Las huelgas no se
hacen parando la actividad de la empresa, ni plantando piquetes a sus puertas
para que no entren los trabajadores. Se hacen acelerando el ritmo de
producción.
A finales
de la segunda guerra mundial los famosos pilotos kamikazes sorprendieron a las
flotas aliadas del Pacífico estrellando sus aviones con 250 kilogramos de
explosivos contra navíos de guerra que se aproximaban a las costas de Japón.
Aquellas autoinmolaciones eran la expresión suprema del sentido nacional que
impulsaba los actos suicidas.
En
Occidente, ni los programas alemanes de “humanización del trabajo”, aplicados a
partir de 1975, ni los grandes pactos suecos sobre la concertación social han
logrado los niveles de solidaridad conseguidos en Japón. El liberalismo que
abanderamos, como la única solución posible al problema del desarrollo
económico y de la solidaridad social, ha fortalecido un individualismo egoísta,
frecuentemente tentado por la corrupción. Soportamos los impuestos que nos impone
el Estado del Bienestar Social, porque detrás hay derechos sociales que nos
favorecen, como las pensiones, el sistema de salud, la educación gratuita o las
autopistas y los trenes de alta velocidad. Pero no estamos dispuestos, por
ejemplo, a ajustar nuestros salarios a la productividad para que nuestras
empresas sean eficientes y competitivas, aunque sabemos muy bien que todas las
prestaciones sociales son posibles gracias al trabajo y al esfuerzo de todos
los ciudadanos
Es un
absurdo intentar transferir el modelo cultural japonés a nuestra cultura
occidental. Desde la religión nos han enseñado que la salvación o condenación
es responsabilidad individual; en la escuela, aunque se eduque en la
cooperación, aprendemos a superarnos y a competir como individuos. La sociedad
premia a los mejores, a los que tienen éxito. Lo colectivo, lo común es
responsabilidad del Estado o del ayuntamiento, desde la reposición de las
papeleras o farolas, destruidas por el vandalismo, hasta la construcción y
mantenimiento de los centros educativos o sanitarios. Lo colectivo no nos
pertenece. Estamos tan lejos de asemejarnos a los japoneses que nuestro
individualismo nos lleva hasta el exceso increíble de querer apropiarnos por
ley del caudal de los ríos que cruzan nuestras comunidades, dejando fuera a los
pueblos que, unos cientos de metros más abajo, han crecido a su orilla. “Ni una
gota para el sur”, oíamos hace pocos años.
Aunque la
transferencia de un modelo cultural y social no es posible, algo tendremos que
aprender de los japoneses, volcados sobre las víctimas del terremoto y del
tsunami, y dispuestos a arriesgar su vida en las centrales nucleares por el
bien de todos.
